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  • Eric Calcagno

El Príncipe y el fuego

Quizás el Príncipe no sabía que su destino era la hoguera.En el fondo, no lo entendía. Es que este Príncipe no había nacido ni para reinar ni para reprimir. Su Corte tenía más bien como objetivo divertir a quien se acercara a su compañía, llena de palabras, de colores y de historias. Con ganas que quien lo conociera tuviese el deseo de volver para compartir. Sin importad la edad –pues el Príncipe no envejecía nunca- siempre estaba a la espera de la luz de una próxima visita que lo alumbrase.


Boris Spivacow nació en 1915. Aunque matemático, dedicó su vida a los libros (a menos que sea cierta la complicidad entre cifras y letras). Desde 1958 a 1966 condujo EUDEBA, la recién creada editorial de la Universidad de Buenos Aires.



En 1965, EUDEBA contaba con 830 distribuidoras y librerías; 103 puestos de diarios y revistas; 40 stands en facultades; 7 kioscos en hospitales; 65 concesionarios; 40 vendedores a crédito; 35 comisionistas y 2 librerías propias. Existía una sucursal en Chile y distribuidoras que cubrían América Latina, España, Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón e Israel. En 1966 tenía 200 empleados en planta estable y 300 colaboradores libres.

El Príncipe vio acercarse a un Rey. O algo parecido. Estaba sobre un carro tirado por caballos. Las trenzas del pelo del Rey adornaban la frente, como la barba bien cuidada cubría mentón y pecho, sobre la ligera armadura.


- Soy Gilgamesh, le dijo al Príncipe.

- Soy el Príncipe, le dijo el Príncipe.


Atrás de Gilgamesh, el Príncipe pudo ver las ciudades anteriores, las primeras letras que sólo pudieron formar el primer poema (que es como un dibujo, pensó el Príncipe, pero escrito). También había imperios y paisajes, peleas y amistad, y una búsqueda: la inmortalidad.


- ¿Qué hacemos acá? Preguntó Gilgamesh.

- No sé. Contestó el Príncipe. A mí me gusta que me visiten y pasar un buen momento con las visitas. Cuento buenas historias.

- Yo también, contestó Gilgamesh, pero es que…


Cuando la dictadura cívico-militar de Onganía usurpó el poder en 1966, EUDEBA había publicado 30 colecciones con cerca de mil títulos en 30 millones de libros. Con la habitual afición al oxímoron que tienen las dictaduras, esta eligió “Revolución Argentina” como coartada. Por supuesto, EUDEBA cayó en la noche. La anterior dictadura presumía de “Revolución Libertadora”…


Escuchemos algunas palabras de Spivacow en su carta de renuncia a EUDEBA:


“Durante ocho años millones y millones de libros fueron apareciendo para ayudar a estudiantes y estudiosos, para hacer conocer a jóvenes y no tan jóvenes la obra de otros argentinos, de otros hombres de América Latina, de otros hombres del mundo. Durante ocho años un libro costó menos que un kilo de pan, menos que un atado de cigarrillos, menos que una botella de vino común. Durante ocho años miles de ojos vieron por primera vez pinturas y dibujos que los maravillaron. Durante ocho años el pueblo argentino se sintió orgulloso de sus escritores, de sus artistas, de sus pensadores, del prestigio de una empresa que con un capital pequeño en relación con su obra, sin subsidios, sin grandes alharacas representaba como ninguna en el exterior a su propia patria”.



El Príncipe estaba un poco confundido, ya que todo buen anfitrión sabe poner cómodos y alegres a sus visitantes, por más que sean mitos (como Gilgamesh). Pero hablar bien de un lugar desconocido, quizás peligroso, era complicado hasta para el propio Príncipe. Sin quererlo, el Príncipe levantó los hombros y alzó los brazos en señal de complicidad y sorpresa, y al mover la cabeza de lado a lado, percibió por el rabillo del ojo que había una multitud.



El equipo encabezado por Spivacow creó el Centro Editor de América Latina, con la misma modalidad: alta calidad y bajo costo de los libros. El CEAL acordó con la Cooperativa de Vendedores de Diarios, Revistas y Afines la distribución en los kioskos del país y de grandes capitales de América Latina. Otra vez la combinación de contenidos de calidad y bajo costo del libro, multiplicaba las ventas. El CEAL llegó a editar casi 5.000 títulos, agrupados en 78 colecciones.



Podemos decir que si una obra no fue publicada por Boris, entonces no era tan buena; que si un escritor faltaba en el catálogo no era relevante. Así, un comentador de alguna obra o de algún escritor debía ser excepcional en lo bueno. Escribir para el CEAL era recibirse de intelectual y pensador, y también de militante.


El Príncipe y Gilgamesh vieron que por un lado aparecieron César Tiempo, Ricardo Guiraldes y Leopoldo Marechal, que querían preguntarle algo a Leopoldo Lugones, trenzado en una discusión entre Sarmiento, Mansilla y Facundo Quiroga. Macedonio Fernández charlaba con Horacio Quiroga y Alfonsina Storni.

Las Beatrices Barnes y Ferro hablan de la literatura para niños, quizás la más bella escritura, así como la más difícil de todas, pues debe ser infantil sin ser infantilizante. Es la más importante también, pues quién agarra un libro de chico no los suelta nunca. “Más libros para más”.





Keynes y Marx hablaban con Silberstein, Risieri Frondizi con Descartes, Horacio Sanguinetti le preguntaba a Rousseau qué le parecía la traducción al castellano. Noé Jitrik discutía con Esteban Echeverría, mientras Anderson Imbert y Fausto los escuchaban.


González Tuñón habla de tangos y Manuel Gálvez de arrabales; Onetti revisa sus cuentos mientras el Cid habla de sus hazañas a quien quiera escucharlo. Kelsen y Guitton hablan de derecho. Oscar Varsavsky le cuenta al Senador José Hernández la importancia política de la ciencia. Georges Clemenceau le muestra al Capitán Dreyfus un artículo donde prueba la inocencia del Capitán, confunde a los mentirosos y devela a los traidores. Asiente Jorge Lafforgue.


Y así surgen autores y heroínas, personajes y pintores, manifiestos y confesiones, tanto de la Argentina en su (siglo)mundo, en esta época y en las anteriores, así como de las futuras, de las reales y de las imaginarias.


- ¿Qué vés? Le pregunto el Príncipe a Gilgamesh. ¿Hasta dónde llegan?

- La cantidad es infinita, contestó Gilgamesh. Ahí veo mis paisanos de la India, y árabes y persas y chinos, de todos lugares, edades y épocas. Tambiénveo a Shakespeare y Moliere, a Don Quijote y Martín Fierro, a Tolstoi y a Dostoievsky. Es un mar multicolor.


Sobre esa multitud de mujeres y de hombres, de niños y ancianos, venían en eco melodías y discursos, pues la cultura apela a todos los sentidos.


Fue cuando el camión Bedford terminó de descargar las 24 toneladas de libros, fascículos y discos del Centro Editor de América Latina en un baldío en Sarandí, Partido de Avellaneda.



Era la culminación de algo comenzado el 7 de diciembre de 1978, cuando los depósitosdel Centro Editor en Avellaneda fueron clausurados por inspectores municipales y por el Cuerpo de Caballería de la región; además arrestaron a 14 empleados que se encontraban trabajando en el lugar. Entonces, Spivacowcompareció ante el juez y declaró que él era el único responsable de la circulación de esos libros. Los empleados fueron liberados, pero siguió la causa judicial.Una nueva dictadura cívico militar, bajo la marca “Proceso de Reorganización Nacional”, usurpaba el poder desde el 24 de marzo de 1976.


El Juez Federal Electoral de la Provincia de Buenos Aires, teniente coronel abogado Héctor Gustavo de la Serna resolvió que en ese depósito de la editorial había libros, entre muchos otros, de Marx y Nietzsche, donde “era notable la apología del sistema marxista”.Y agregaba: “También en estas ediciones es destacable las notas de críticas disociantes a los sistemas democráticos, Iglesia católica, militarismos, etc."». En consecuencia, el citado juez de la Serna determinó que debía quemarse el millón y medio de libros de que se trataba.


En la suprema maldad, la crueldad va de par con la ignorancia. Tuvieron que estar presentes dos compañeros del Centro Editor, Amanda Toubes y Ricardo Figueiras, que ofició de fotógrafo.



Pero resulta que los impresos, guardados tanto tiempo en un galpón y empaquetados, estaban bastante húmedos y no les prendía el fuego propiciado por la policía. Toubes alentaba a los vecinos a llevarse los libros que pudieran. Figueiras recuerda la imagen de un Príncipe en un cuento que tardó mucho en quemarse. Resistía hasta el final. Ardieron durante todo un día y sus brasas siguieron encendidas por otros tres días.Ese millón y medio de libros tuvo más de treinta mil lectores.

En una investigación exhaustiva, Judith Gociol señala que la vida y obra de Spivacow estuvo estructurada en torno de cuatro premisas:


1. El mundo era plausible de ser asido, entendido y explicado.

2. Todo ese conocimiento podía caber en una colección de libros.

3. El libro –asido y entendido por el lector– podía volver a éste mejor persona.

4. Mejores personas podían transformar el mundo.


En lo que a mí respecta, no encuentro mejor definición de ilustración, cultura y modernidad. Ni mejor compromiso político. “Libros para ser libres”.


Escrito para Amanda y Jorge, en recuerdo del Príncipe Boris.


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