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  • Eric Calcagno

¿Hacia una psicología de las pandemias?


Más contagiosa que la peste, el miedo se contagia con un solo parpadeo.

Nicolás Gogol.

Pese a su breve vida, Philip Strong (1945-1995) dejó algunos conceptos en el campo de la sociología de la medicina que parecen ser de utilidad en las actuales circunstancias. En efecto, elaboró el concepto de “epidemia psicológica” en 1990, donde sostiene que la velocidad de contagio de la pandemia entre las personas no es tan rápida como la modificación de los comportamientos sociales inducidos por la peste.

Hablaremos entonces de una psicología de la epidemia, que tiene tres etapas características.


Edvard Munch, “El grito” (1893). El nombre original de la obra era: “la desesperación”.


La primera etapa es el miedo. Cuando la pandemia azota la sociedad, genera un miedo cuyas consecuencias esmerilan la cohesión social. La segunda etapa es la profusión de explicaciones y argumentos moralizantes que puedan superar la confusión. En la tercera etapa cunden las propuestas de acción, a veces concretadas, pocas veces acertadas.

Digamos que la metodología de Philip Strong está basada en la un ejercicio tradicional en las ciencias sociales, que es la identificación de tipos ideales para analizar una determinada problemática. Diferentes tipos de miedo generan diferentes explicaciones, diferentes morales y diferentes acciones. Esto permite identificar patrones de comportamiento del caos generado por la peste.


“La llama”, de Jackson Pollock (1938), un buen ejemplo para expresar la confusión propia de la peste.


Strong reconoce que distinguir los miedos de la acción y ambas de las reflexiones morales puede parecer arbitrario, habida cuenta que en la vida cotidiana esas cuestiones están interrelacionadas, pero sostiene que es útil para describir modos de hacer, y completar una composición de escenario lo más pertinente posible.

Desde ya, coexisten de modo simultáneo en la sociedad el pánico personal y colectivo, ya que la muerte aparece aleatoria y segura; existen diversas interpretaciones sobre los orígenes de la pandemia, así como discursos harto morales o moralizantes; al mismo tiempo surgen varias de estrategias para controlar la situación, a veces complementarias, paralelas o contradictorias. Es la peste.

La epidemia de miedo, dice Strong, también es una epidemia de desconfianza y sospecha. Es el miedo que puedo tener por enfermarme y la sospecha que usted es asintomático y me puede contagiar. La segunda característica de una pandemia nueva es la percepción que cualquier elemento humano o animal, vegetal o mineral, el mundo todo puede ser un vector de contagio. ¿Por dónde me atacará la peste? En general, ese tipo de sospechas tienen poco que ver con la realidad biológica del contagio. Pero mucho con su impacto social.


“Distrust”, desconfianza, de Tamara Martin, 2019.


Miedo más sospecha significa estigmatización. Esta práctica está dirigida tanto a los que padecen la enfermedad como a aquellos que son percibidos como vectores de la peste. Aparecen comportamientos que buscan evitar esos focos infecciosos, a través de la segregación, de abusos y al final, de la violencia. El miedo personal socializado puede llegar a la caza de brujas colectiva.

El principio de las pandemias es un momento de confusión: personas, grupos e instituciones van y vienen entre la trivialidad y la gravedad del asunto, si está lejos, si sólo es una “una gripecita” que pasa, o si es una enfermedad contagiosa que mata.

En esta confusión abundan ideas de acciones y proyectos de estrategias, que propician o legitiman la multitud de explicaciones. Florecen las teorías sobre los orígenes de la enfermedad y sus posibles efectos, muchas de esas explicaciones tienen una profunda raíz moralizante. Es el momento de las preguntas metafísicas: ¿por qué Dios, o el Gobierno o la Ciencia –o los tres- permiten esto? ¿Quién es el culpable? ¿Qué revela esta peste de nuestra sociedad? ¿Qué voy a perder?


Confusión, del holandés Auke Mulder (2018).


Así, cualquier sugerencia para limitar el contagio suele ir en contra los códigos y las prácticas convencionales. Frente a una pandemia, la cuarentena es el medio más utilizado, y sin duda uno de los más efectivos. Esto implica que comercio y viajes son limitados, que la privacidad personal y las libertades quedan limitadas por la urgencia de la situación. Digamos que este caso surgen con fuerza las ideas de complot, de aprovechamiento de la peste para fijar determinadas formas sociales, lo que lleva, por ejemplo a la quema de barbijos o a las manifestaciones en contra de la cuarentena.

Cada pandemia biológica genera un impacto social que esmerila –con diverso grado de éxito- los sistemas ideológicos dominantes, las relaciones de poder existentes. Lo que la peste pone en duda es el funcionamiento habitual de la sociedad, aunque sea injusto pero legal, legitimado que es por las prácticas habituales, dominantes.

De este modo, y a diferencia de todas las otras dolencias no pandémicas, la peste se distingue por destruir las rutinas sobre las cuales moldeamos nuestra conducta en tiempos normales (si tal cosa existe), tanto como personas que a escala de toda la sociedad.


“La destrucción de los ídolos” de “Monsú Desiderio”, principios del siglo XVII.


Así, la psicología de las pandemias de la que habla Strong no está originada sólo en nuestras incontroladas pasiones, apenas cubiertas de un barniz de civilización, sino que el efecto disruptivo de la peste reside en el fin de las rutinas. La articulación de esas etapas de miedo, explicación y acción, siempre en constante retroalimentación, afectan incluso y sobre todo al cuerpo político y a sus instituciones.


Los pilares de la sociedad, George Grosz, 1926.


En efecto, este autor señala que las oleadas de miedo, pánico, estigma, moralismo, explicación y llamado a la acción caracterizan la reacción inmediata. La pandemia afecta a la economía y al bienestar, pero el “asalto al orden público” adquiere características novedosas sobre la base de la subjetividad provocada por el dramatismo de la amenaza imprecisa y el riesgo seguro.


Esa “tempestad emocional” parece estar fuera del control de cualquiera, y cuando no es contenida a través del análisis y la explicación, puede influenciar los modos de control de la peste. Esta conjunción de circunstancias lleva a una situación hobbesiana. Lo que, por cierto, no es una buena noticia.


Autorretrato de Edvard Munch, con “Gripe Española” (1919)

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