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  • Eric Calcagno

La situacion en Ucrania, la política de Rusia y la temporada de Archiduques

Actualizado: 23 feb

Las personas no cambian, decía Maquiavelo, lo que cambian son las

circunstancias. De allí la necesidad de conocer la historia, concluye Nicolás.

Como retozamos en el barro de la inmediatez, petrificados que estamos en

tecnologismo, los acontecimientos pasados son ignorados. No son top trendy.

Arriesgo esta reflexión sobre la situación en Ucrania, la no-invasión de Rusia, la

prevalencia de políticas equivocadas que pueden llevar a catástrofes de

magnitud mundial. ¿Temporada de Archiduques?


 

La situación no pintaba fácil para los conspiradores. El que tenía que actuar

primero no hizo nada, quizás por un miedo escénico provocado por el policía a

sus espaldas. La fila de autos continuó su camino rumbo a la intendencia. Otro

complotado emplazado en el camino de la comitiva oficial tampoco se movió.


A metros de allí, el tercer conspirador lanzó una especie de granada sobre el

coche, pero con tan mala puntería que el explosivo rebotó en la parte trasera y

alcanzó al segundo auto. Heridos, gritos, corridas. La voz corrió entre los

restantes complotados –pues había varios- que el atentado había fallado. Cada

cual a su casa.


Luego del acto municipal, el Archiduque Francisco Ferdinando de Austria

insistió en visitar a los heridos del bombazo, ya internados en el hospital. La

Condesa Sofía, esposa de Francisco Ferdinando, no quería saber nada. El

gobernador sugirió tomar la costanera Appel, al lado del rio Miljaka, ya que a

mayor velocidad, mayor seguridad.


Pero a la altura del puente Latino, en la esquina donde un señor Schiller vende

delicatessen, el chofer quiso doblar a la derecha, pero el gobernador lo corrigió.

Al intentar hacer marcha atrás para retomar la costanera, el motor se ahogó. La

pucha con los choferes.


Esto es lo que vio el estudiante Gavrilo Princip, uno de los complotados.

Aprovechó la ocasión. Le bastó hacer tres pasos para levantar el brazo,

apuntar como le enseñaron y disparar dos veces. La primera bala impactó en el

cuello del Archiduque, la segunda en el abdomen de Sofía, que intentó cubrir al

esposo. Dos coches atrás estaban Sofía (h), Maximiliano y Ernesto (entre diez

y catorce años), los hijos del Archiduque y de la Condesa, sin saber que son

los primeros huérfanos de la llamada Primera Guerra Mundial. Por cierto, el 28

de junio de 1914 fue un hermoso día soleado en Sarajevo, sin nubes y con

poco viento.


Un mes después, el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra al Reino de

Serbia, supuesto promotor del asesinato; en el mes que sigue el Imperio

,Alemán entra en guerra contra el Imperio Ruso, y declara la guerra a la

República Francesa; el Reino Unido entra en guerra para defender la

neutralidad belga violada por Alemania; Austria-Hungría declara la guerra a

Rusia; Serbia al Imperio Alemán; el Reino de Montenegro a Austria Hungría,

junto con Francia y el Reino Unido; Bélgica contra Austria-Hungría; Japón a

Alemania; Austria-Hungría a Japón; Rusia al Imperio Otomano, como también

lo hace Serbia; Francia y El Reino Unido contra los otomanos, ya en noviembre

del 14. Los vinos de Burdeos de esa cosecha fueron considerados

excepcionales, ricos, opulentos, con notas de savia (especialmente los dulces).

Aunque efímeros.


Ese conflicto generalizado aparece como el resultado de múltiples tratados

cruzados entre los diferentes países, alianza franco-rusa, entendimiento anglo-

francés –la famosa entente cordiale- acuerdo anglo-ruso sobre zonas de

influencia, para mencionar algunos de un lado, mientras del otro lado está la

triple alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia. Italia será neutra al

comenzar la guerra, dejará ese lugar al Imperio Turco.


El problema de tal complejidad de alianzas es que los intereses generales y

regionales de cada potencia, los que originan esos acuerdos, pueden verse

comprometidos en asuntos más particulares, de naturaleza bilateral y local. Es

lo que sucedió con Austria-Hungría y Serbia: un asunto policial devino un

asunto de Estado, ya que los austríacos le querían dar una lección a los

serbios, qué tanto.


Un poco más tarde, en 1915, Italia entrará en guerra contra Austria-Hungría,

Alemania y Turquía –los imperios centrales- a favor de los aliados, con fuertes

promesas de compensaciones territoriales. En 1916, el candidato Woodrow

Wilson utilizó como eje de su campaña para conseguir la reelección

presidencial estar fuera de la guerra; el reelecto Presidente Woodrow Wilson

hará entrar en guerra a los Estados Unidos. Nunca es tarde cuando la dicha es

buena.


Es interesante analizar la entrada en guerra de Estados Unidos.


Alemania declaró la guerra submarina a ultranza en 1917 –tercer año de

guerra-, lo que significaba que cualquier barco podía ser hundido sin previo

aviso, por más neutro o civil que sea o parezca. El bloqueo de los aliados a las

potencias centrales provocaba desabastecimiento y hambruna; la respuesta

era pagarles con la misma moneda. O eso pensaron en Berlín.


El Canciller Bethmann-Hollweg advirtió al alto mando alemán que esa acción

significaba la entrada en guerra de Estados Unidos. Le contestaron que los

daños infligidos por la interrupción de suministros y víveres serían suficientes

para que el Reino Unido pida la paz antes que los Estados Unidos puedan

movilizarse a favor de los aliados.


Al mismo momento el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania,

Arthur Zimmermann, no tuvo mejor idea que mandar un telegrama secreto a su

embajada en México. Allí proponía una alianza contra los Estados Unidos, en el

caso que estos entren en guerra: Alemania prometía ayuda financiera y la

devolución de parte del territorio mexicano perdido en 1846. Como el código

alemán ya había sido descifrado por los rusos antes de la guerra, los británicos

le sirvieron en bandeja esa información a Wilson.


Desde una perspectiva aristotélica, la entrada en guerra de los Estados Unidos

puede explicarse por la causa material, que es la guerra a ultranza que no

distingue civiles y militares, neutros o beligerantes; la causa formal es el

telegrama Zimmermann; la causa eficiente es el uso de submarinos para hundir

buques; la causa final es poner a los Estados Unidos en el rango de las

Grandes Potencias. Para eso sirve la dialéctica, que es el método de la lógica.

Gracias Aristóteles, esdrújulo estagirita.


Sigamos con Barbara Tuchman, que dedica varios párrafos a esta política

alemana en su libro “La Marcha de la Locura – de Troya a Vietnam” (publicado

en 1984), justo en su capítulo sobre “políticas contrarias al propio interés”. Allí

leemos que para calificar como locura una determinada política, esa acción

debe haber sido calificada como demencial en su propio tiempo, y no con

posterioridad, pues “nada es más injusto que juzgar a las personas del pasado

con los criterios del presente”.


Además, continúa Tuchman, es preciso que hayan existido alternativas viables

en el momento de la toma de decisiones. Por último, no debemos considerar

una acción individual, sino que el error debe corresponder al comportamiento

de un grupo dirigente.


Esas tres condiciones estaban reunidas en el alto mando alemán, cuya guerra

submarina a ultranza provocó la entrada en guerra de los Estados Unidos, lo

que precipitó la derrota de los Imperios Centrales.


De este modo, “la locura es independiente de épocas o lugares; es intemporal y

universal, aunque la forma que adopte depende en particular de los hábitos y

creencias de un determinado tiempo y espacio. Surge en cualquier tipo de

régimen: la monarquía, la oligarquía y la democracia la producen por igual.

Tampoco es particular a una nación o una clase”.


Quizás estas reflexiones puedan servir para esbozar un análisis de la actual

crisis en Ucrania.


A tal efecto, debemos remontarnos a la caída de la Unión Soviética, un

acontecimiento tan calamitoso para la época como en otros tiempos fue la

caída del Imperio Romano, con el que tenían tantos parecidos, y no siempre de

los buenos.


El asunto es que con la disgregación del bloque soviético en Europa, también

desaparecía el Pacto de Varsovia, creado en 1955 para responder a la

creación de la OTAN en 1949 (con un poco más de precisión, la causa efectiva

del Pacto fue el rearme de la República Federal de Alemania).


En los momentos de la caída del muro de Berlín, ante la inminencia de la

reunificación alemana, los líderes del llamado “mundo libre” necesitaban aún el

visto bueno de la agonizante Unión Soviética. El trato fue que nada impediría la

reunificación germana, nada se haría en contra de la disolución del llamado

bloque socialista, pero a cambio los países occidentales no deberían incluir en

su sistema de alianzas militares a los países de la futura e inminente ex-zona

de influencia de la URSS.


Según Luis Segura, periodista especializado en temas de defensa del portal

RT, Gorbatchov, último gobernante de la URSS, y Shevernadze, su ministro de

relaciones exteriores, recibieron garantías por parte de “George H.W. Bush, y

su secretario de Estado, James Baker; el presidente de la República Federal de

Alemania, Helmut Kohl, y su ministro de asuntos exteriores, Hans-Dietrich

Genscher; la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, el primer ministro del Reino

Unido, John Major, y el ministro de Asuntos Exteriores británico, Douglas

Hurd; el presidente de la República Francesa, François Mitterrand; el secretario

general de la OTAN, Manfred Woerner; o y el director de la CIA, Robert

Gates”. 


Era previsible que Alemania del Este entre en la OTAN al momento de la

reunificación. Pero en 1999 adhirieron la República Checa, Hungría y Polonia;

en 2004 fue el turno de Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania,

Eslovaquia y Eslovenia; en 2009 Albania y Croacia, y en 2017 Montenegro, que

era parte de Yugoslavia, ese país destruido por la OTAN en 1990. Hasta en el

propio Departamento de Defensa hubo voces que señalaban tal insensatez.

Ya la inclusión de Estonia, Letonia y Lituania, que pertenecieron al Imperio

Ruso desde el siglo XVIII, viola de pleno la palabra dada por “occidente” al

incluir en la Unión Europea y en la OTAN tres ex repúblicas socialistas

soviéticas, cuya única historia independiente anterior de esos mini-estados

cabe en las dos décadas que van de 1919 a 1939.


Digamos también que no faltan alianzas cruzadas: Organización para la

Seguridad y la Cooperación en Europa, OTAN, UE, Organización del Tratado

de Seguridad Colectiva, CEI y tratados bilaterales. ¿Suena conocido?

Ahora, sobre la base del golpe de Estado de febrero de 2014 que derrocó al

presidente electo Yanukovich, en una Ucrania dividida al oeste por pro-

occidentales, con presencia de elementos de extrema derecha, y al este por

mayorías pro-rusas, las regiones de Donetz y Lugask, con milicias territoriales

que piden la inclusión en Rusia, con la recuperación de Crimea por parte de la

Federación Rusa, nos encontramos en un contexto signado por la

balckanización, lo que no es una buena noticia, ya que Sarajevo queda en los

Balcanes.


Las cosas han cambiando: ya no existe el Pacto de Varsovia, no existe la

Unión Soviética y el socialismo realmente existente ha caído en Europa. ¿Para

qué insistir en la expansión de la OTAN hacia el este? ¿No era eso ganar la

“guerra fría”?


Pero qué hacer con la cantidad de conocimiento acumulado, así como la

cantidad de armamento producido: tantos prejuicios merecen tener un sentido.

Aunque ha habido cambios significativos, sería bueno que a la hora de tomar

decisiones los occidentales tengan presente lo que no ha cambiado. Eso que

es llamado cultura política.


No es necesario leer las obras completas de Pouchkine, Tolstoi, Dostoievski,

Pasternak o Grossman (aunque sí es provechoso) para entender que la

invasión del territorio es algo que los rusos no aceptan, ya sea en la época de

los zares, durante el comunismo, o desde el establecimiento de la Federación

Rusa. Charles de Gaulle, un líder culto, siempre decía que el comunismo podía

durar o pasar, pero que siempre estaría Rusia. Y los rusos.


Entre los héroes siempre venerados está Alejandro Nevski, que derrotó a los

cabelleros caballeros teutónicos; Pedro el Grande que venció a Carlos XII de

Suecia; Koutusov, que destruyó al Gran Ejercito de Napoleón; la derrota de las

intervenciones extranjeras contra la Revolución de Octubre a manos de un

ejército rojo recién creado… Lo que los occidentales llaman la Segunda Guerra

Mundial es para los rusos la Gran Guerra Patriótica, donde dejaron veinte

millones de muertos entre 1941 y 1945… Y en efecto, como podemos notar,

todas esas guerras fueron… defensivas.


Así, contar con un espacio más o menos neutro, más bien poco militarizado,

incluso independiente, pero que asegure las fronteras de la Federación Rusa

es un imperativo categórico para el conjunto del pueblo ruso y para cualquiera

de sus gobernantes. No encontramos del lado ruso ninguna semejanza con las

insensateces cometidas por el alto mando alemán durante la primera guerra

mundial.


Por el contrario, al leer el New York Times, el Washington Post o recorrer el

website del venerable y respetado Council on Foreign Relations (CFR) nos

encontramos con un relato belicista permanente. Bloomberg anunció la entrada

en guerra de Rusia contra Ucrania… pero era falso. Hasta marcan la cantidad

de soldados rusos que entrarán en Ucrania, tanto sus objetivos como su

armamento. Parecen mejor informados que el Kremlin mismo. La demonización

de Putin es suficiente como para elaborar una enciclopedia de fake-news.

Esto es en extremo complejo, dado que toda teoría encierra una práctica. Si un

decisor occidental trata de reducir la realidad a las categorías propias,

derivadas del relato dominante, es probable que quede regido por sus deseos,

sus temores o sus necesidades inmediatas.


Es el caso del hasta ahora Primer Ministro inglés, cascoteado en el Parlamento

británico hasta por los propios. Es el caso de Joe Biden, que cuenta con una

notable baja de popularidad en año y algo de mandato, que hasta los

progresistas califican como decepcionante.


En esta crisis encontramos las características de la insensatez mencionadas

por Barbara Tuchman. El primer punto habla de la existencia de opiniones

diferentes a las dominantes: sobran voces en los Estados Unidos para

denunciar la inutilidad de una marcha a la guerra con Rusia, y por su parte el

Presidente francés Emanuel Macron busca desescalar un conflicto que será

desastroso para Europa, en particular en el ámbito energético.


En segundo lugar, existen alternativas viables a la mera agresión, que van

desde la negociación en Naciones Unidas hasta la Organización para la

Seguridad y Cooperación en Europa, que reagrupa 57 países.


El tercer punto define que la insensatez no debe ser un caso individual, sino

colectivo. Esto está demostrado por la casi unanimidad de los establishments

norteamericano y británico, de su prensa dominante, del envío de armas a

Ucrania, en un belicismo digno de mejores causas pasadas.


En ese contexto pareciera que las causas materiales de la agresión a Rusia

son por un lado la necesidad de “occidente” en recobrar un poco del prestigio

perdido en las diferentes retiradas de oriente, que no fueron precisamente

victorias (Irak, AfganistanAfganistán, Siria), así como sostener el complejo

militar-industrial y el saber anticomunista acumulado durante décadas, por otro

lado. Que la realidad haya cambiando no hace nada a las premisas teóricas,

por más que atrasen.


Una posible causa formal consiste en abroquelar el frente interno por parte de

algunos gobiernos occidentales que son incapaces de resolver sus propios

problemas en casa.


La causa eficiente consiste en considerar que las maniobras rusas, aunque

realizadas en territorio propio o en de algún país aliado, amenaza al régimen de

Kiev, que deviene un baluarte de la soberanía y de la libertad (me remito al

CFR) frente al oso ruso. O alegar los conflictos locales en la región del

Donbass.


La causa final es mostrar quién manda en el mundo. Nada de multilateralismo,

hay que demostrar a Rusia, y sobre todo a China, quien detenta el poder

mundial. Esto es preocupante, ya que los conflictos suelen crear o solidificar los

frentes internos, aunque si bien uno sabe cómo entrar en guerra, es difícil

saber cómo saldrá de ella. Basta preguntarle al Káiser Guillermo, al Zar Nicolás

II, a Carlos I de Austria cómo estaban en 1919…


Nedeljko Cabrinovic –el que lanzó la granada- fue el único de los complotados

que expresó su arrepentimiento de manera pública durante el juicio por el

atentado de Sarajevo, además de pedir perdón a los hijos del Archiduque

Francisco Ferdinando y de la Condesa Sofía. Al conocer esa noticia, Sofía (h) y

Maximiliano –no así Ernst- le escribieron una carta personal a Cabrinovic

donde lo perdonaban por la muerte de sus padres. Su conciencia puede estar

en paz, le dijeron.


¡Extraño destino el de esos niños! Su padre era el heredero del Imperio Austro-

Húngaro, pero ellos estaban descartados de la sucesión, ya que la Condesa

Sofía era checa y no una hausburgo. Pero así parece que son los matrimonios

por amor. Al caer el Imperio Austro-Húngaro, perdieron propiedades e ingresos,

en especial en Checoslovaquia, aunque les quedaron varias propiedades, en

especial el castillo de Artstetten, en Austria.


Ferviente antifascista, Maximiliano militó contra la anexión de Austria al Tercer

Reich. Nobleza obliga. Consumado el anschluss en 1938, las propiedades

fueron confiscadas por los nazis, que mandaron a Maximiliano y a Ernst al

campo de concentración de Dachau, donde debían limpiar las letrinas, para

gran regocijo de Goering, dicen, feliz de meter a Príncipes en la mierda. Al

cabo de un tiempo fueron liberados.


En 1945 Maximiliano volvió a Artstetten, donde los soviéticos le permitieron

presentarse como candidato a Intendente, cargo que ejerció por dos mandatos.

También sus padres descansan allí, asesinados por causa de un conflicto local

que, por la marcha de la locura de los dirigentes, llegó a ser una guerra

mundial. No abramos otra temporada de Archiduques.

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