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  • Eric Calcagno

“Se agrava la situación”

Quizás algunos lo recuerden, pero así solía titular la última edición de la Razón las vísperas de un golpe militar. También hay que decir que en esos trances lo que quedaba por definir era la hora y la forma que adoptaría el golpe. Son de esas cuestiones palpables en el aire, en el mal aire. Malaria, que le dicen.


Si para algo han servido las dictaduras, siempre cívico-militares, es para frenar el desarrollo nacional. Político, militar, económico, social, cultural, científico. Tal vez no sospecharan que la primera experiencia con el sufragio universal masculino, comenzada en 1913 en la Provincia de Buenos Aires, daría lugar al gobierno de Hipólito Yrigoyen, el primer gobierno de masas. Como había que frenarlo, 1930 vio el primer golpe de los tiempos modernos. Un golpe realizado con poca tropa y mucho fierro mediático.


Ahí queda planteado el problema para la clase dominante argentina: cómo conducir un país sin tomar en cuenta la voluntad del pueblo. Ya lo había hecho en el siglo XIX, con la represión a los federales, el exterminio de los nativos y la desaparición del Paraguay. Esta vez era distinto. Es 1930, y las formas debían ser respetadas. Bueno, con un poco de picana. Es así como aparece el “fraude patriótico”: las elecciones son pura forma. Al decir de Walsh, cuando la oligarquía dice “Patria”, quiere decir “clase”. Es lo que muestra la década infame.


La voluntad popular volvería, tumultuosa, en 1945-1946, encarnadas en Perón y Evita. Una Constitución en 1949, diseñaba una Nación justa, libre y soberana. Las mujeres votaron. Con planes quinquenales indicativos que marcaban el camino al desarrollo industrial. Con nacionalización de los principales resortes de la economía nacional, y el financiamiento al empresariado industrial. Con distribución del ingreso, leyes y derechos sociales y política exterior independiente basada en la integración regional. ¡Sin deuda externa! Duró hasta el golpe de Estado de 1955.


Con más experiencia, la clase propietaria pudo ejercer la persecución sin límites al peronismo, prohibido de existir y al sindicalismo. Pudo endeudar y proscribir. Y sobre todo, gracias al contexto de la guerra fría, transformar las fuerzas armadas en un ejército de ocupación del propio país. De la doctrina de la Defensa Nacional pasamos a la seguridad nacional. El fusilamiento de Valle asesinaba también a los Savio, a los Mosconi, a los Pistarini, a los brigadier San Martín. Y tantos otros, civiles y militares nacionales.


Los democráticos voltearon por bando militar la Constitución legal y legítima. Electo con la proscripción del partido mayoritario, Arturo Frondizi contempló el proyecto de una patria que sobre la base del saber técnico habilite los caminos del desarrollo. Derrocado en 1962, la utopía profesionalista y tecnocrática tampoco gustaba a los dueños de la tierra, ni a los monopolios locales e internacionales, que el propio Frondizi propició.


El paréntesis de Illia, también electo sin participación política del peronismo, merece ser recordada por la ley de medicamentos, la resistencia al Fondo Monetario Internacional y la política anti-intervencionista propiciada por los Estados Unidos (invasión de Santo Domingo en 1965). Era demasiado, y el golpe cívico-militar de 1966-1973 abrió otra fase. Destruyó a la universidad argentina, cuna de la inteligencia nacional; reprimió estudiantes y trabajadores, practicó el alineamiento definitivo con “el mundo libre”. Modificó el Código Civil, muchas de cuyas reformas duran hasta nuestros días.


Frente al Cordobazo, algunos preguntaron ¿cómo puede ser que los obreros mejores pagos de Latinoamérica se subleven? Por eso, porque eran los mejores pagos. El deterioro sostenido de la dictadura no dejó más opción que el regreso de Perón, después de 17 años de exilio. De ese período 1973-1974 data el último proyecto nacional de la Argentina, “el Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional”, producto del Pacto Social que reunía Estado, sindicatos y empresarios, con apoyo de partidos y entidades intermedias. En ese momento tuvimos pleno empleo y pobreza cero. Duró lo que quedaba de la vida del General. Después vino el rodrigazo, y el golpe cívico-militar de 1976. “Se agrava la situación”, titulaba la Razón.


30.000 detenidos-desaparecidos después, más una guerra perdida, luego de 45.000 millones de dólares de endeudamiento externo, con empresas públicas estropeadas, salarios de hambre y pymes en crisis, vuelve la democracia. Pero en 1983 ya no existía la misma capacidad de movilización que antes, ni Defensa Nacional, ni planificación, ni la misma capacidad intelectual y científica. 1930, 1955, 1962 ,1966 y sobre todo 1976 lograron doblegar cada uno de los pilares sobre los que es posible asentar una sociedad desarrollada.


La instalación manu militari (¡) del modelo neoliberal a partir del 76 modificó de manera estructural el funcionamiento de la economía argentina. La principal distorsión introducida fue el dólar como medio de pago, unidad de cuenta, y reserva de valor en desmedro del peso. Comenzó a existir una moneda para ricos y una moneda para pobres.


En una primera etapa el endeudamiento externo financió la fuga de capitales, luego aseguró el funcionamiento de la llamada “convertiblidad”. La privatización generalizada de las empresas públicas representó una gigantesca transferencia de poder hacia monopolios locales o internacionales. El desmantelamiento del Estado de Bienestar proveyó más negocios al sector financiero (como las AFJP). La flexibilización laboral hizo lo propio con los derechos sociales. La desregulación terminó con el poder del Estado. El sistema nervioso de un país, como son sus ferrocarriles y sus puertos, quedó en manos privadas. Los medios de comunicación masivos pasaron al sector privado, en la formación de monopolios cuyo tamaño y alcance cuesta imaginar. Fierros mediáticos. Son algunos ejemplos.


El problema del modelo económico de 1976 en sus diferentes variantes, dictatorial o democrática, ya sea menemista o delarruista, es su incapacidad de crear las condiciones de su propia sustentación en el tiempo. En otras palabras, fue eficaz para reventar a sangre y fuego la Argentina como proyecto de país, pero es incapaz de reemplazarlo. De allí las crisis periódicas que sufrimos, tanto las del mundo, de la suba de las tasas de interés norteamericanas en 1978 hasta la crisis del 2008, como las propias, con la incapacidad del modelo ‘76 en tener niveles de inversión necesarios o aumentos de productividad. Estas crisis son necesarias para la privatización de las ganancias (que luego son fugadas) y la socialización de las pérdidas (como la nacionalización de la deuda externa de 1982, entre otros ejemplos). La baja permanente de salarios obra también como otro modo de apropiación de la riqueza.


Resta que la gran parte de la dirigencia política no discutió a fondo esta cuestión. Hasta la crisis del 2001. Existió una brecha real en esa caída de los conceptos que eran hasta entonces infalibles, perfectos y eternos. Con las elecciones de 2003, volvió la política.


¿Tuvo ese regreso de la política el vigor y empuje que pudieron tener los radicales en los años veinte, los peronistas en los cuarenta o en la vuelta de Perón? No. ¿Tenemos partidos de masas? No. ¿Tuvo una planificación indicativa como los planes quinquenales o el plan trienal? No. ¿Ha sido recuperada y reequipada la Defensa Nacional? No. ¿Tenemos los cuerpos técnicos del Estado al mejor nivel? No. ¿La Universidad argentina vuelve a ocupar el centro de la escena mundial? No. ¿Los sindicatos son fuertes y estructuran al conjunto de los asalariados? No. ¿Hemos recuperado los medios de comunicación? No. ¿Los puertos? No.


Y sin embargo…


Lo comenzado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández de Kirchner ha recuperado algo de esos pilares fundamentales de la sociedad. Los derechos humanos primero, con juicos a los criminales como no se ha visto en el mundo. El pago al FMI permitía obtener márgenes de maniobra para elaborar una política económica autónoma. Las sucesivas renegociaciones de la deuda externa fueron exitosas para todos menos para los buitres. Se recuperaron derechos laborales como las paritarias. Hubo derechos nuevos como el matrimonio igualitario o el acceso al IVE. Nacionalizamos a las AFJP y recuperamos la solidaridad entre las generaciones. YPF! Creamos decenas de nuevas universidades nacionales en todo el país. Volvieron científicos. Recuperamos tecnología, y mandamos satélites argentinos al espacio. Nuestra política exterior fue profesional e independiente, con permanente aliento a la integración regional. Jerarquizamos Malvinas, reabrieron astilleros, hablamos de aviación, de industrias para la Defensa. Aumentó el salario real, bajo la pobreza, la indigencia. Viejos y jóvenes volvieron o descubrieron la militancia. Tantas cosas más, como tantas las que faltaron. Quizás la mayor conquista fue recuperar la idea de futuro.


El episodio de 2015-2019 representó la primera vez que las ideas impuestas por la violencia llegaron al gobierno por el voto. Fierros mediáticos, nada más. Hicieron lo de siempre: privatizar, desindustrializar, desregular, endeudar, fugar… lo sabemos, y aburren por lo previsible. Su eficacia en la destrucción nos dice que la próxima, debemos ser más consistentes.


Ahora, cuando Cristina Fernández de Kirchner es Presidenta del Senado de la Nación, una de las tantas causas en su contra dará su veredicto. Es la llamada causa “vialidad”. La particularidad del proceso –más kafkiano que ajustado a derecho- es que muy probablemente será condenada sin pruebas en su contra. La acusación ha pedido 12 años y proscripción, sin pruebas.


Hemos escuchado estos tiempos a personas cultas, con diplomas en universidades del exterior, que CFK debía demostrar su inocencia. ¿No es la acusación que debe probar la culpabilidad?


Condenar en estas condiciones es la muestra que esta administración de justicia quiere demostrar que es capaz de condenar sin pruebas. ¿Por qué Cristina Fernández de Kirchner es culpable? Porque la condenamos. Es que CFK debe ser condenada, de tal modo que nadie piense que es posible construir un país distinto del que promocionan los medios hegemónicos, donde medran los esbirros, se enriquecen los monopolios, aprovechan los imperios y condenan a la Argentina y a los argentinos. Incluso hace unos meses intentaron asesinar a CFK. ¿Por qué tanto ensañamiento?


Es que Cristina es un símbolo. Más allá de su persona, de sus características de Mujer de Estado, es un símbolo para millones de compatriotas que no entienden las artimañas jurídicas de la acusación, pero sienten y saben que antes del 2015 estaban mejor. Esa es el motivo de la condena: es un símbolo para muchos. Es la posibilidad que las cosas mejoren, un poco. Es el signo que podemos retomar esa Marcha Triunfal de la Argentina, que recibió tantos hachazos como golpes de Estado, pero que no olvida a Yrigoyen, a Perón, a Eva, a Néstor. A Cristina.


Y si “se agrava la situación”, cuando venga el momento, nos bastará con la sonrisa de un niño al ver el mar por vez primera para recuperarlo todo.

Dedicado a Saúl Ubaldini.

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