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  • Eric Calcagno

Sobre Coronavirus, populismo y meritocracia

Nada más común que la comparación del cuerpo humano con el cuerpo social, y sin embargo nada más falso, y hasta peligroso.

En general, todos tenemos un cuerpo, que como entidad natural presenta ciertas características y modalidades que son estudiadas, entre otros, por la medicina o la biología. El cuerpo social puede ser estudiado por la historia, la economía, las ciencias políticas, la sociología, para nombrar algunas disciplinas.


De este modo, pretender aplicar soluciones medicas o biológicas a problemas sociales es un atajo conceptual en extremo peligroso, que muestra tanto el desconocimiento de las ciencias de la naturaleza como de las ciencias sociales.


En efecto, la ciencia médica tiene reglas generales que la práctica debe considerar en particular para cada paciente: es el arte médico. Si el objetivo es curar, o al menos no dañar más, las posibilidades de acción del profesional se ajustan a su saberes, experiencias, medios con los que cuenta, y a su relación con el paciente, claro.


La sociedad es un hecho esencialmente histórico, atravesado por relaciones de poder y de dinámicas políticas. Reducir una determinada forma política, como el populismo, a un determinado virus, en este caso el COVID-19, implica que el populismo debe desaparecer como debe desaparecer el virus. Máxime cuando el populismo es más peligroso que el virus, es decir: más letal que la peste.


Así y todos, las “cepas” populistas presentan infinidad de variaciones: no es lo mismo un populismo europeo de índole xenófoba basado sobre el (errado) concepto de raza, que el populismo ruso del siglo XIX, que el populismo norteamericano de principios del siglo XX, del populismo latinoamericano que de Lázaro Cárdenas a Perón, de Arévalo a Vargas, transformó las estructuras de sus respectivos países: México, Argentina, Guatemala, Brasil. Algunos ejemplos del populismo clásico nomás.


Pero no importa. Las medidas que se toman contra la pandemia también sirven para el populismo: los que estén demasiado afectados morirán, los que hayan desarrollado la enfermedad deben ser hospitalizados, habrá que usar barbijos ideológicos, desarrollar vacunas contra el populismo, y aislar en cuarentena a cualquier persona que este sospechada de populismo, y sino ciudades o regiones enteras (tipo el conurbano) no ya catorce días, sino al menos más de setenta años.


Y siquiera así puede que funcione: Borges nos hizo el honor de tratarnos de incorregibles, Macri nos condena a ser incurables. Como vemos, la confusión entre medicina y política nos lleva al absurdo.


En síntesis, es tentador comparar el cuerpo a la sociedad, la medicina a la economía, la posología a la política. Al menos tiene el mérito de ser claro, y es presentado como un excelente argumento, por más que sea falso y sus resultados catastróficos. Las políticas de ajuste comparten con los viejos medicamentos aquella frase que si “es amargo sin duda es efectivo”. Abandonamos el campo del pensamiento para adentrarnos en el de la superstición, el de las frases hechas, llegamos al grado cero de reflexión.


Por último, dos palabras sobre la meritocracia. En la macrilengua, significa que las fortunas de clase son resultado de un esfuerzo particular y continuo, de tomar las buenas decisiones, como decían hasta hace no muy poco. Esa “meritocracia” busca legitimar el hecho azaroso de nacer en cuna de oro: los privilegios de nacimiento son asimilados a virtudes políticas, el dinero deviene una virtud cívica per se. Aquí la naturalización queda completada: los enfermos del virus populista, peor que el COVID-19, frente a los sanos hijos de las grandes fortunas, cuyo capital social infinito es la cuna. Bienvenidos al Antiguo Régimen.



El virus del populismo hacia la Plaza de Mayo, octubre de 1945.

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